lunes, 15 de octubre de 2007

El último río

Siento la imperiosa necesidad de escribir y está claro el porqué de este exceso: existen en mí 2 situaciones confrontadas que atraviesan mi mente y necesito de alguna manera echarlas afuera para poder seguir actuando en consecuencia.
¿Todo ocurre por una razón? ¿Quién sabe?

Hoy me tumbé en la arena de la playa mirando las olas, escuchando el magnífico estruendo de su entrechocar en la orilla y me sorprendí atravesando el tiempo en este maravilloso espacio que ha sido testigo de tantos y tan grandes cambios. Me siento de nuevo yo misma, volando a través de las montañas escondida en el cuerpo de un águila, notando cada una de sus plumas, sintiendo sus latidos, atravesando el aire y viendo por sus ojos la paz de un extraño sueño. Debería sentirme apesadumbrada por lo que dejo detrás, pero no es así, siento en mi corazón una libertad serena que deshace los pesares y me invita a empezar de nuevo.

Tal vez la soledad sea siempre la salida, la fórmula o tal vez el comienzo, pero de momento es como si me diese de nuevo la vida que creía agotada en mí, la ganas de seguir volando que se fueron con ese maravilloso hombre de ojos azules que me prestaba su sabiduría y su amor incondicional, sigo sintiendo su pérdida y su ausencia cada segundo y me pregunto si algún día de mi vida dejaré de echarlo tanto en falta, supongo que no. Me sentaría con gusto de nuevo en la casa de la playa otra tarde más a escuchar los pájaros contigo, jugando a adivinar cuál es cual a sabiendas que me ganarías. Te echo tanto de menos que a veces he pensado en el absurdo deleite de ir a buscarte y sentarme cada tarde contigo a la orilla de nuestro último río.

Pero vuelvo a volar, vuelvo a ser Avidey, la diosa ave, para sentir de nuevo como el aire me llena los pulmones de belleza renovada, de silencios rotos por maravillosas sonrisas y sé que tú sigues ahí conmigo pase lo que pase, como siempre, mi padre.

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